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Diario de… Caja de Clavos

DÍA 1

Llego a Ciudad Rodrigo con la ilusión de conocer gente nueva y la tranquilidad de volver a trabajar con un equipo con el que ya he disfrutado en el pasado. La temperatura es muy agradable, sin darme tiempo a pasar por el hotel y dejar la maleta, nos vamos a la localización correspondiente.

El Maíllo es un lugar en el que parece que la naturaleza escucha a través de sus árboles y habla a través de tus pisadas. En mi primera y única secuencia del día, mi compañero de escena es un niño de nueve años; recuerdo las palabras de Hitchcock sobre rodar con niños, y al final de las tomas llego a la conclusión de que si Alfred hubiera conocido a mi partenaire de hoy, no pensaría lo mismo. O quizá sí, al fin y al cabo, según cuentan sus coetáneos, el genio del suspense suspendía en sus relaciones con los demás. El chaval no sólo muestra una gran disposición, si no que cuando terminamos una toma, viene a devolverme el objeto que yo le doy en escena, “por si hay que repetir” me dice, y yo “claro, claro”, fingiendo que me había acordado perfectamente.

En la escena también intervienen, tirados en el suelo, más de una docena de actores figurantes, y un actor maduro al que admiro y ya conocía de antes, todos se entregan sin poner queja alguna. Las tomas se resuelven rápida y eficazmente, porque el director nunca olvida que está trabajando con personas, para él todos los miembros de la película merecen la misma consideración. Y esta es una de las muchas causas por las que todos los que hemos trabajado con él estamos locos por repetir.

Después de comer, descansar y un poco de ejercicio, vienen a buscarme dos buenos amigos, ella una profesional que lo mismo vale para script que para coordinar a una ciudad entera de extras, y él un actor tan grande cómo la suerte que yo tengo de tenerlo cómo amigo. La idea es tomar unos pinchos y unas cañas. Finalmente, cómo el lunes no se rueda, nos acabamos encontrando a gran parte del equipo en su bar habitual, y lo demás es historia…conversaciones, risas, cervezas, abrazos, recuerdos, más cervezas, futbolines, buena música, y diez mil cervezas más.

DÍA 1.1

Duermo unas pocas horas, voy a aprovechar el día libre para ir a un pueblo de Zamora y colaborar en el proyecto de otro amigo. Me arrastro al baño con la intención de echar un trago de agua del grifo, el hotel es muy acogedor, pero tiene el monomando del lavabo al revés, con lo que en vez de beber lo único que consigo es quemarme el bigote que me he dejado para mi personaje “Caja de clavos”.

Bajo a desayunar pensando en que no estoy para encontrarme con nadie, entro en el salón y me recibe con una sonrisa la actriz protagonista, a la que conocí en la primera lectura de guion. Con suma amabilidad me invita a sentarme con ella y la agradable charla que tenemos a continuación me provoca un estupendo efecto recuperador, por el que decido que ya no necesito Espidifen para afrontar el día.

Subo a la habitación, me ducho, me visto y me dispongo a partir.

Bueno, finalmente también me tomo el Espidifen, lo cortés no quita lo valiente.

DÍA 2

Todas las secuencias de hoy se llevan a cabo en el taller de Othon, el personaje que interpreta un viejo amigo y compañero de batallas, con el que he compartido escenario, camerino y muchos kilómetros de furgoneta, es curioso que ahora nuestros dos personajes vayan a compartir cabina de camión.

Para esta película, producción ha contratado dos camiones auténticos de los años cuarenta, unas joyas de museo que su dueño mima cómo se merecen. Además el trabajo que han realizado los compañeros de arte, carpintería, atrezzo…es impagable.  Cómo agradecerle a alguien que ponga delante de ti, un mundo recién pintado para que juegues cada vez que se dice “acción”.

El despertador suena a las 6.45 horas, bajo a desayunar, subo a lavarme los dientes y me vuelvo a abrasar el bigote con el monomando asesino.

A las 7.20 horas la compañera de producción, la “runner”, nos recoge con total diligencia y simpatía. Vestuario, maquillaje y al lugar de rodaje.

Hoy juego en cinco secuencias, las sensaciones son muy buenas. La actriz protagonista que interpreta a Sor Elena, con más de un centenar de largometrajes a las espaldas por todo el mundo, me da paz y confianza. Todo lo que nos cuenta es interesante, pero lo más valioso no es lo que dice, es lo que hace. Cómo en la película “Invictus” cuando Mandela tiene esa conversación con el capitán de la selección de rugby:

  • ¿Y qué haces para ser un buen líder?
  • No lo sé. Supongo que intento dar buen ejemplo.

A lo largo del día comparto planos con más gente hermosa, cómo dos paisanos míos con los que aún no había trabajado, paisana y paisano concretamente, otro joven actor televisivo llegado de Madrid y un grupo de niños que participan en la película, que tienen un comportamiento educado, ejemplar y paciente. Con lo que llego a la conclusión de que Alfred tendría un talento sobrenatural pero era un cantamañanas.

Mención especial para la actriz que participa en la secuencia más dramática del día. Ganadora reciente de un Goya, que espera más de dos horas a que le llegue su turno, sentada en medio de un lugar perfectamente atrezzado para la escena, pero inhóspito y frío para la vida. Cuando ya por la noche llegamos a la productora, y nos estamos cambiando, me habla de su vida, de la cantidad de trabajo que tiene últimamente, de por  qué aceptó éste proyecto y del falso mito de que un Goya es una maldición que te hace trabajar menos. Me cuenta que la clave es no subirse al guindo y no disparar tu caché, tener un representante con sentido común, no volverse idiota y seguir trabajando.

La templanza, honradez, sensibilidad y compromiso con la que trabaja el director me hace sentir que no puede haber un trabajo más gratificante que este. El trabajo previo y las conversaciones que tuve con él sobre la historia y el personaje, me dan la seguridad que necesito para lanzarme por esta montaña rusa.

El trabajo de vestuario es muy meritorio, hay que vestir a mucha gente en una época y lugar alejado de nuestro día a día.

La compañera de maquillaje se multiplica por momentos, pero no le pierde ojo a nadie. Observa cómo un rizo se escapa de mi boina y me propone que ese rizo forme parte del reparto. Para una escena tiene que maquillarme un golpe en el pecho, y en dos minutos que tiene libre consigue que una hostia pueda ser una obra de arte.

Y qué decir del equipo técnico. Los de sonido…mis compadres del sonido, que nunca hacen ruido pero crean tan buenas ondas. Cuando quieren amortiguar los pasos de los actores, colocan una alfombra roja (si queda fuera de plano), y me da por pensar que  las alfombras rojas en el cine se suelen utilizar para todo lo contrario, es decir, hacer el mayor ruido posible.

Y los de fotografía, que no paran ni un segundo, siempre buscando el mejor encuadre, intentando que cada toma sea perfecta. Lo menos que puedo hacer yo es imitarles e intentar dar el 100% en todos los planos.

Ya en la cena, nuestra Sor Helena nos regala el “Código de buenas prácticas del Actor en el Audiovisual”. Y a la cama, que hay que madrugar

DÍA 3

Recogida de actores a las 8.00 horas. Bajo a desayunar, subo a la habitación. Me vuelvo a escaldar el bigote y el vaso del lavabo me mira cómo diciendo: “Estoy aquí para que me uses”

Hoy rodamos en la localidad portuguesa de Almeida. Un pueblo amurallado en forma de estrella, precioso. Pero el día no nos va a permitir ni un segundo libre, hay siete secuencias y aparezco en todas. Está bien, no me quejo, a eso hemos venido, ya volveremos en otra ocasión a comer bacalao.

La grata sorpresa de la jornada es encontrarme con un amigo que viene a trabajar de actor figurante. Hace unos 25 años hacíamos teatro juntos en el instituto, y ahora aquí estamos, él de soldado nazi y yo con boina y bigote.

El invierno parece ese colega que se despide y sale del bar y al rato vuelve con más fuerza invitando a copas a todo el mundo.

En mi primera secuencia trabajo con un maravilloso compañero natural de Sahagún (León). La lluvia, el viento y el aguanieve nos golpean sin tregua. Los técnicos parecen marineros luchando contra el temporal, en vez de aparejos, cabos o grilletes, trabajan con sus instrumentos técnicos, concentrados en hacer su labor con precisión.

El script trata de salvar su cuaderno de bitácora y yo me pregunto cómo será encargarse de la continuidad cuando a ratos hay agua, a ratos hay sol, a ratos hay nubes… se rueda lo que se puede y cómo se puede.

Sor Helena nos regala saquitos que aguantan 4 horas calientes, para templar manos, pies o lo que quieras. ¿No es para quererla?

Todas las secuencias del día son exteriores o en los túneles de la imponente fortificación de Almeida, túneles de viento, me da por llamarlos. Me ha parecido ver a John Nieve con orejeras. No soy muy friolero, pero estar desde por la mañana hasta por la noche con los zapatos y la ropa del personaje no es lo mismo que capear el temporal con la indumentaria que normalmente utilizas para invierno. Las compañeras entre toma y toma nos acercan mantas, todo el mundo ayuda a todo el mundo.

Un grupo de actores y figurantes de raza negra van casi descalzos. Son los soldados que en la llamada “Guerra de broma” Francia mandó a primera línea a combatir contra un ejército alemán infinitamente superior. Los veo arropados con mantas, sentados en el suelo y es inevitable evocar las imágenes que vemos en nuestras playas a diario, y me da por pensar que 77 años después la gente de primera línea sigue siendo la misma.

La empresa de catering que todos los días nos da de comer monta su cuartel general en una sala gigante de un picadero de caballos. Calculo que somos cerca del centenar de personas a las que alimentar.

A pesar del frío, no me cambiaría por nadie. Estamos haciendo cine, escenas de persecución, de huidas, en una de ellas un grupo de unos treinta presos se abalanza sobre mí. La mayoría son muy jovencitos y voluntariosos, así que en el primer ensayo me siento cómo el guardia de seguridad que abre la puerta de unos grandes almacenes. Debería subir a la caja del camión pero no me dan tiempo, me empotran contra él y me veo zarandeado cómo si una bestia gigante me tuviera entre sus fauces.

Volvemos a Ciudad Rodrigo, unos 50 kilómetros en coche, con el tiempo justo para cenar e irnos a descansar. “Vaya cara traéis todos” nos dicen los compañeros que quedaron en la productora. Normal, venimos de la guerra.

DÍA 4

El día va a ser largo, pero me recogen a las 13.00 horas. Para volver a Almeida, comer y rodar cuatro secuencias. Así que me levanto con total tranquilidad y relajación, que se rompen cuando me vuelvo a achicharrar el bigote.

Llegamos a la comida, por la mañana los compañeros ya han estado rodando. Tenemos la visita de los alumnos de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Salamanca. Ellos son utilizados de figurantes y se comportan estupendamente. Ellas no pierden ojo de todos los procesos técnicos que implica rodar una película. Y todo el mundo vuelve a sufrir un día frío, muy frío. Yo esta vez he sacado todo el arsenal: guantes, braga, botas para cuando no esté rodando. Acabamos a las 23.15 horas de la noche y llegamos a la productora a las doce de la noche para cenar.

Trabajamos con un actor de Ciudad Rodrigo con el que coincidí en la escuela hace años y que siempre me ha transmitido buenas vibraciones. Y con otro que también estudió en Valladolid años después y al que ya había visto hacer teatro. Ambos resuelven con talento y buen hacer unas escenas nada fáciles. Y mis compañeros habituales: Sor Helena, Othon y Sor Cecilia. La verdad es que formamos una banda cómo para atracar farmacias.

DÍA 5

Red de libertad, Diario-de-Caja-de-ClavosHoy la recogida es a las 10.45 horas. Me levanto con dos objetivos muy marcados. No quemarme el bigote y no pasar frío. Y consigo los dos. A cambio cuando me estoy duchando se me cae el bote de champú dentro de la bañera, me agacho y con el culo giro el monomando de la ducha, con lo que consigo abrasarme la espalda que aún se encontraba a 90 grados, justo a la temperatura a la que también cae el agua.

Pego un grito desgarrador y acto seguido salen de mi boca una retahíla de juramentos y exabruptos a gran volumen. La trabajadora del hotel lo oye desde el pasillo y me pregunta que si estoy bien. Yo le digo que sí, que sólo estaba ensayando. Y ella responde “Pues vaya, creía que la peli era para todos los públicos”.

Mi plan antifrío consiste en, a mayores de lo de días anteriores, dejarme el pantalón del pijama por debajo. La parte de arriba no se puede, porque llevo la camisa desabrochada, que para eso soy de Valoria y de Castronuño. El dueño del camión me enseña a conducirlo, ya que las anteriores tomas las había hecho con el camión parado. Es un hombre muy simpático y que explica muy bien las cosas.

Llevar ese camión, ese volante más duro que un día sin pan, esos pedales que son cómo hacer piernas en un gimnasio, la palanca con las marchas al revés, la caja que es más ancha que la cabina y tapa a los retrovisores… me hace sudar bastante y me pregunto por qué coño me habré puesto el pijama. A todo esto si cuando dan acción, llevas al cámara (padre de familia) con la puerta abierta, de pie y agarrado, tienes que decir tu texto y escuchar el de tu compañera, conducir un camión de hace 70 años por un camino lleno de baches…es difícil, pero divertido, muy divertido. De repente, antes de hacer el general arranca una tormenta de granizo que pilla a todo el equipo en medio del campo.

Volvemos al lío y el director me propone hacer el plano de la secuencia que me correspondía. Así me deja libre después de comer y puedo marcharme a casa. De momento. Continuará…

Cómo habéis observado no he mencionado ningún nombre propio. Esto lo hago, primero por curarme en salud de no olvidar a nadie, pero sobre todo porque hay un título que está por encima de cualquier nombre propio y que nos engloba a todo el equipo “RED DE LIBERTAD”.

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